“…porque el olvido es blanco y la memoria negra”

Una silla la sostiene. La mañana ha vuelto. Ella está sentada blandamente junto a la ventana y siente que siempre ha estado allí. El hombro recostado sobre el marco blanco, la sien fría contra el cristal y las manos, nieve que abandona en el regazo. Todo en ella, blanca sobre blanco, parece haber estado siempre allí. Sólo sus ojos carbón están lejos: ellos saben, ellos todavía huyen.

A su espalda, en la puerta que aguarda, llaman. Ella conoce el ritual y no se mueve: la puerta se abre, los pasos se acercan, las manos la toman y la desnudan sobre el plástico que ahora cubre las sábanas. El agua es tibia pero se enfría sobre su piel hasta que la cubren y la secan con un sudario mullido. Luego ella, que los mira desde lejos, se ríe secretamente divertida con sus ademanes que mienten diciendo que la visten cuando ella se sabe desnuda. Nada importa, este proceder diario y litúrgico no es más que otro matiz del blanco en la habitación de la ventana por la que sus ojos todavía huyen.

El horror sabe a recuerdo y por eso apura el cáliz y bebe del olvido que le ofrecen en forma de pastilla. Todo está bien ahora. La ventana regresa a su sien, el marco se tiende en su hombro y todo fluye al blanco. La mañana volverá mientras la puerta aguarda y sus negros ojos huyen.

Lo que queda después la esperanza

Mirarlo. Espiarlo con la cabeza gacha; de reojo vigilarle el gesto crispado de las cejas, la guadaña torcida de la boca; oírle el vómito de palabras que le arroja para ahogarla y no perderle de vista las manos, aún manos y quietas; no perderlas de vista, como si la sola atención de sus ojos sobre ellas las pudiera mantener manos, quietas manos que por favor, por favor no se cierren en puños; y estudiarle el cuerpo y la carga de ira para hacerse pequeña, pequeña y hacerse a la idea de que se avecina una vez más, la súbita descarga sobre ella, en un guión en el que su papel de pararrayos le arraiga los pies en la tierra y la expone al golpe eléctrico de esa mano convertida en puño para ella, sólo para ella, mientras grita que la quiere y se le caen los golpes a puñados y grita que la ama dándole patadas y ella callada, cada vez más pequeña, tragándose el dolor, los alaridos, tragándose la sangre y el terror y la secreta, secreta esperanza de que esta vez por favor, por favor, esta vez la mate.

LAURA

Era una noche de otoño, algo fresca, oscura -las estrellas se escondían tras las nubes, la luna era casi gris-. Laura, tras un día agitado, anhelaba tranquilidad. Preparó un café que tomó a lentos sorbos alternando la mirada entre la televisión y la ventana; una incipiente lluvia mojaba el nocturno paisaje urbano. Llamó a Luis por teléfono. Tras una breve conversación, colgó con un golpe seco. Luis no vendría y no estaba segura de que aquello le molestara. Su relación con la soledad era contradictoria; la había buscado y deseado; aunque ahora en ocasiones le angustiaba, la odiaba. Cambió de canal varias veces. Se recostó cómodamente en el sofá. Observó distraída durante algunos minutos a las personas que hablaban desde la pantalla. Después, cerró los ojos –el ruido de la televisión era ya sólo un murmullo incomprensible, ahora la lluvia golpeaba con fuerza los cristales- y enseguida el sueño acudió.

Sin embargo, a los pocos minutos despertó sobresaltada. Oyó un maullido áspero y vio a un gato negro correr bajo el aguacero. El escalofrío, íntimo, eléctrico, le recorrió el cuerpo. Desde el televisor una mujer Leer el resto de esta entrada »

MARINA

Marina jugaba en el jardín de la casa de la playa. Le gustaba entretenerse con las piedras, hacerles resbalar por su mano, lentamente, oír el ruido sordo que producían al caer al suelo. Dentro de la casa los padres discutían. Marina escuchaba sus gritos pero no entendía lo que decían, por la distancia, aunque no sólo por eso. A veces le parecía que el mundo de los adultos era incomprensible, un enigma que no le apetecía desentrañar; prefería sus juegos. La madre la llamó para el desayuno. En un primer momento, se quedó quieta; pronto se percató de lo inútil de su actitud, no quería ir pero debía hacerlo. Se acercó a la casa, muy despacio. Ya en la puerta le llegó el olor del café. La discusión había cesado. Su padre tomaba café, con el rostro agrio y los modales bruscos; la mirada de su madre era triste, perdida en alguna parte, lejos de allí. Ya no habían gritos pero tampoco palabras. Se encontró con una violencia muda y quieta.

Antes de comenzar a explicar esta historia es necesario que comente un aspecto muy importante de mi personalidad. Cuando terminen de leer es posible que no lo crean pero mis actos y creencias siempre han sido conformes a la lógica y a la razón. Quizás por ello soy ingeniero. Mi mente se concentra en lograr los objetivos previamente marcados. No me gustan las fantasías, ni tampoco los sentimentalismos; pero lo que más detesto es lo absurdo, lo que desborda las leyes de la lógica y campa por la más absoluta anarquía. Por eso mis relaciones con los demás son, desde hace mucho tiempo, escasas; en ellas siempre he hallado mucha irracionalidad, y también mucha incomprensión; en el fondo, nadie puede entender a otro ser humano. En el contacto con los demás invariablemente hallamos dolor; hasta la madre puede hacernos daño, aunque sea sin querer.

Mi relato empieza unos minutos antes de abrir los ojos, tras largo rato manteniéndolos cerrados. Me hallaba profundamente cansado, sumido en el desánimo Leer el resto de esta entrada »