Una silla la sostiene. La mañana ha vuelto. Ella está sentada blandamente junto a la ventana y siente que siempre ha estado allí. El hombro recostado sobre el marco blanco, la sien fría contra el cristal y las manos, nieve que abandona en el regazo. Todo en ella, blanca sobre blanco, parece haber estado siempre allí. Sólo sus ojos carbón están lejos: ellos saben, ellos todavía huyen.
A su espalda, en la puerta que aguarda, llaman. Ella conoce el ritual y no se mueve: la puerta se abre, los pasos se acercan, las manos la toman y la desnudan sobre el plástico que ahora cubre las sábanas. El agua es tibia pero se enfría sobre su piel hasta que la cubren y la secan con un sudario mullido. Luego ella, que los mira desde lejos, se ríe secretamente divertida con sus ademanes que mienten diciendo que la visten cuando ella se sabe desnuda. Nada importa, este proceder diario y litúrgico no es más que otro matiz del blanco en la habitación de la ventana por la que sus ojos todavía huyen.
El horror sabe a recuerdo y por eso apura el cáliz y bebe del olvido que le ofrecen en forma de pastilla. Todo está bien ahora. La ventana regresa a su sien, el marco se tiende en su hombro y todo fluye al blanco. La mañana volverá mientras la puerta aguarda y sus negros ojos huyen.