Nunca bajar al parque

Consigna: Tomar el texto en cursiva e incluirlo en un relato extenso pero no en un bloque. Es decir que el narrador (que puede ser distinto) va a ser un narrador distraído y por tanto al contar esta anécdota va a inflar y desinflar los hechos de este relato previo a través de constantes digresiones. El texto en cursiva será un esqueleto “ahogado” por el narrador. El texto se irá por las ramas pero tendrá principio y fin.

Se levantó tarde, pero nadie se extraño. Todos sabíamos que las noches de luna llena le costaba dormir. Se dio una ducha y se puso su ropa de fin de semana. Cuando bajó, la cocina estaba desierta. Los tazones en la mesa y la caja de galletas abierta eran los únicos indicios de que el resto de la familia ya estaba despierta. Se tomó el café despacio saboreando el aroma y el silencio. Seguramente Javier llevó a los niños al parque. Terminó el desayuno y recogió la cocina. Subió al dormitorio, abrió la cómoda, sacó la pistola y se pegó un tiro.

Nunca bajar al parque

La verdad es que podría hablar de ella durante horas, ¿sabe?. Hablar de su manía de mirarse en los espejos y acariciarse en el cristal, hablar de los cuentos que escribía para los niños, de su vicio de morderse las uñas, de sus calcetines de colores… Leer el resto de esta entrada »

“…porque el olvido es blanco y la memoria negra”

Una silla la sostiene. La mañana ha vuelto. Ella está sentada blandamente junto a la ventana y siente que siempre ha estado allí. El hombro recostado sobre el marco blanco, la sien fría contra el cristal y las manos, nieve que abandona en el regazo. Todo en ella, blanca sobre blanco, parece haber estado siempre allí. Sólo sus ojos carbón están lejos: ellos saben, ellos todavía huyen.

A su espalda, en la puerta que aguarda, llaman. Ella conoce el ritual y no se mueve: la puerta se abre, los pasos se acercan, las manos la toman y la desnudan sobre el plástico que ahora cubre las sábanas. El agua es tibia pero se enfría sobre su piel hasta que la cubren y la secan con un sudario mullido. Luego ella, que los mira desde lejos, se ríe secretamente divertida con sus ademanes que mienten diciendo que la visten cuando ella se sabe desnuda. Nada importa, este proceder diario y litúrgico no es más que otro matiz del blanco en la habitación de la ventana por la que sus ojos todavía huyen.

El horror sabe a recuerdo y por eso apura el cáliz y bebe del olvido que le ofrecen en forma de pastilla. Todo está bien ahora. La ventana regresa a su sien, el marco se tiende en su hombro y todo fluye al blanco. La mañana volverá mientras la puerta aguarda y sus negros ojos huyen.

Lo que queda después la esperanza

Mirarlo. Espiarlo con la cabeza gacha; de reojo vigilarle el gesto crispado de las cejas, la guadaña torcida de la boca; oírle el vómito de palabras que le arroja para ahogarla y no perderle de vista las manos, aún manos y quietas; no perderlas de vista, como si la sola atención de sus ojos sobre ellas las pudiera mantener manos, quietas manos que por favor, por favor no se cierren en puños; y estudiarle el cuerpo y la carga de ira para hacerse pequeña, pequeña y hacerse a la idea de que se avecina una vez más, la súbita descarga sobre ella, en un guión en el que su papel de pararrayos le arraiga los pies en la tierra y la expone al golpe eléctrico de esa mano convertida en puño para ella, sólo para ella, mientras grita que la quiere y se le caen los golpes a puñados y grita que la ama dándole patadas y ella callada, cada vez más pequeña, tragándose el dolor, los alaridos, tragándose la sangre y el terror y la secreta, secreta esperanza de que esta vez por favor, por favor, esta vez la mate.