La sonrisa del endriago

Debe girar la llave con suavidad para que se produzca el chasquido que anuncia el éxito. Se agarra al pomo de la puerta y justo antes de girar contrae su rutilante pupila (una pupila que anhela estar de nuevo rodeada por un iris amarillo).

El chasquido abre la cerradura. Por fin en casa. Duro día, hoy, en el invernadero. Camina hacia el comedor y sacude las manos hacia abajo en un gesto extremo; sacude y sacude, hasta que las uñas pierden el soporte, se aflojan, y salen despedidas una a una, rebotando y tintineando contra el suelo; sacude y una rasgadura aparece en las muñecas, circundándolas, una línea que se entreabre como una boca, que se descose a cada tirón mientras los dedos se desenfundan y los nudillos pierden la certeza de estar encajados en sus arrugas: sacude hasta que la piel cae contra el suelo como si alguien hubiera lanzado no uno sino dos guantes retadores.

En el lugar donde estaban las manos Leer el resto de esta entrada »

Ulises enamorado

Polixena era tan bella que Ulises había soñado que escribía su nombre, con el dedo, en la arena del túmulo de Aquiles. Tan bella que el propio Aquiles había muerto en una emboscada por la esperanza de su amor.Ulises siempre había sabido que la verdadera libación consiste en derramar algo noble; que más que por la pérdida, el sacrificio pasa por la renuncia dolorosa a algo, negando su consumo a los hombres. Tras saquear Troya y en honor a Aquiles, Ulises había propuesto sacrificar a Polixena sobre la tumba del héroe rubio.

En la mañana rosada, la garganta de la virgen arrojó una sangre tan pura como negra. Ulises suspiró: el nombre soñado en la arena se borró a borbotones mientras ella, al desplomarse, intentaba que la forma de su cuerpo mantuviera, en su caída y para siempre, las maneras de una dama.