La sonrisa del endriago

Debe girar la llave con suavidad para que se produzca el chasquido que anuncia el éxito. Se agarra al pomo de la puerta y justo antes de girar contrae su rutilante pupila (una pupila que anhela estar de nuevo rodeada por un iris amarillo).

El chasquido abre la cerradura. Por fin en casa. Duro día, hoy, en el invernadero. Camina hacia el comedor y sacude las manos hacia abajo en un gesto extremo; sacude y sacude, hasta que las uñas pierden el soporte, se aflojan, y salen despedidas una a una, rebotando y tintineando contra el suelo; sacude y una rasgadura aparece en las muñecas, circundándolas, una línea que se entreabre como una boca, que se descose a cada tirón mientras los dedos se desenfundan y los nudillos pierden la certeza de estar encajados en sus arrugas: sacude hasta que la piel cae contra el suelo como si alguien hubiera lanzado no uno sino dos guantes retadores.

En el lugar donde estaban las manos Leer el resto de esta entrada »

EL MAL

Consigna: Texto relacionado con la novela de Stevenson “El misterioso caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde”.

La maldad en Mr. Hyde es fría. Cualquier atisbo de compasión o comprensión hacia los demás es imposible; carece totalmente de empatía y, desde luego, de sentimiento de culpabilidad. Parece lo que hoy en día llaman psicópata criminal; digo esto último con reservas ya que no tengo conocimientos de psicología. Sin embargo, pienso que, esta característica tan propia del ser humano, tiene muchos más matices; no posee un único rostro, si no muchos.

En primer lugar, se halla la peculiar la imagen de Mr.Hyde. Todo aquel que lo ve lo describe como alguien muy desagradable, incluso repulsivo. De Mr. Hyde, debido a su aspecto, ya se sabe que sólo cabe esperar acciones horrendas. Sin embargo, la experiencia nos muestra que no siempre las actitudes malignas se presentan en entornos o individuos detestables; en muchas ocasiones, llegan a través del engaño, parecer una cosa y ser otra muy distinta. Una apariencia angelical puede traer consigo algo terrible. Leer el resto de esta entrada »

Nunca bajar al parque

Consigna: Tomar el texto en cursiva e incluirlo en un relato extenso pero no en un bloque. Es decir que el narrador (que puede ser distinto) va a ser un narrador distraído y por tanto al contar esta anécdota va a inflar y desinflar los hechos de este relato previo a través de constantes digresiones. El texto en cursiva será un esqueleto “ahogado” por el narrador. El texto se irá por las ramas pero tendrá principio y fin.

Se levantó tarde, pero nadie se extraño. Todos sabíamos que las noches de luna llena le costaba dormir. Se dio una ducha y se puso su ropa de fin de semana. Cuando bajó, la cocina estaba desierta. Los tazones en la mesa y la caja de galletas abierta eran los únicos indicios de que el resto de la familia ya estaba despierta. Se tomó el café despacio saboreando el aroma y el silencio. Seguramente Javier llevó a los niños al parque. Terminó el desayuno y recogió la cocina. Subió al dormitorio, abrió la cómoda, sacó la pistola y se pegó un tiro.

Nunca bajar al parque

La verdad es que podría hablar de ella durante horas, ¿sabe?. Hablar de su manía de mirarse en los espejos y acariciarse en el cristal, hablar de los cuentos que escribía para los niños, de su vicio de morderse las uñas, de sus calcetines de colores… Leer el resto de esta entrada »

“…porque el olvido es blanco y la memoria negra”

Una silla la sostiene. La mañana ha vuelto. Ella está sentada blandamente junto a la ventana y siente que siempre ha estado allí. El hombro recostado sobre el marco blanco, la sien fría contra el cristal y las manos, nieve que abandona en el regazo. Todo en ella, blanca sobre blanco, parece haber estado siempre allí. Sólo sus ojos carbón están lejos: ellos saben, ellos todavía huyen.

A su espalda, en la puerta que aguarda, llaman. Ella conoce el ritual y no se mueve: la puerta se abre, los pasos se acercan, las manos la toman y la desnudan sobre el plástico que ahora cubre las sábanas. El agua es tibia pero se enfría sobre su piel hasta que la cubren y la secan con un sudario mullido. Luego ella, que los mira desde lejos, se ríe secretamente divertida con sus ademanes que mienten diciendo que la visten cuando ella se sabe desnuda. Nada importa, este proceder diario y litúrgico no es más que otro matiz del blanco en la habitación de la ventana por la que sus ojos todavía huyen.

El horror sabe a recuerdo y por eso apura el cáliz y bebe del olvido que le ofrecen en forma de pastilla. Todo está bien ahora. La ventana regresa a su sien, el marco se tiende en su hombro y todo fluye al blanco. La mañana volverá mientras la puerta aguarda y sus negros ojos huyen.

Lo que queda después la esperanza

Mirarlo. Espiarlo con la cabeza gacha; de reojo vigilarle el gesto crispado de las cejas, la guadaña torcida de la boca; oírle el vómito de palabras que le arroja para ahogarla y no perderle de vista las manos, aún manos y quietas; no perderlas de vista, como si la sola atención de sus ojos sobre ellas las pudiera mantener manos, quietas manos que por favor, por favor no se cierren en puños; y estudiarle el cuerpo y la carga de ira para hacerse pequeña, pequeña y hacerse a la idea de que se avecina una vez más, la súbita descarga sobre ella, en un guión en el que su papel de pararrayos le arraiga los pies en la tierra y la expone al golpe eléctrico de esa mano convertida en puño para ella, sólo para ella, mientras grita que la quiere y se le caen los golpes a puñados y grita que la ama dándole patadas y ella callada, cada vez más pequeña, tragándose el dolor, los alaridos, tragándose la sangre y el terror y la secreta, secreta esperanza de que esta vez por favor, por favor, esta vez la mate.