L’univers i la terra:
L’univers i el sistema solar. La terra i la lluna. La matèria de l’univers. L’atmosfera.
La hidrosfera. L’escorça terrestre .
L’univers i la terra:
L’univers i el sistema solar. La terra i la lluna. La matèria de l’univers. L’atmosfera.
La hidrosfera. L’escorça terrestre .
Debe girar la llave con suavidad para que se produzca el chasquido que anuncia el éxito. Se agarra al pomo de la puerta y justo antes de girar contrae su rutilante pupila (una pupila que anhela estar de nuevo rodeada por un iris amarillo).
El chasquido abre la cerradura. Por fin en casa. Duro día, hoy, en el invernadero. Camina hacia el comedor y sacude las manos hacia abajo en un gesto extremo; sacude y sacude, hasta que las uñas pierden el soporte, se aflojan, y salen despedidas una a una, rebotando y tintineando contra el suelo; sacude y una rasgadura aparece en las muñecas, circundándolas, una línea que se entreabre como una boca, que se descose a cada tirón mientras los dedos se desenfundan y los nudillos pierden la certeza de estar encajados en sus arrugas: sacude hasta que la piel cae contra el suelo como si alguien hubiera lanzado no uno sino dos guantes retadores.
En el lugar donde estaban las manos
Una silla la sostiene. La mañana ha vuelto. Ella está sentada blandamente junto a la ventana y siente que siempre ha estado allí. El hombro recostado sobre el marco blanco, la sien fría contra el cristal y las manos, nieve que abandona en el regazo. Todo en ella, blanca sobre blanco, parece haber estado siempre allí. Sólo sus ojos carbón están lejos: ellos saben, ellos todavía huyen.
A su espalda, en la puerta que aguarda, llaman. Ella conoce el ritual y no se mueve: la puerta se abre, los pasos se acercan, las manos la toman y la desnudan sobre el plástico que ahora cubre las sábanas. El agua es tibia pero se enfría sobre su piel hasta que la cubren y la secan con un sudario mullido. Luego ella, que los mira desde lejos, se ríe secretamente divertida con sus ademanes que mienten diciendo que la visten cuando ella se sabe desnuda. Nada importa, este proceder diario y litúrgico no es más que otro matiz del blanco en la habitación de la ventana por la que sus ojos todavía huyen.
El horror sabe a recuerdo y por eso apura el cáliz y bebe del olvido que le ofrecen en forma de pastilla. Todo está bien ahora. La ventana regresa a su sien, el marco se tiende en su hombro y todo fluye al blanco. La mañana volverá mientras la puerta aguarda y sus negros ojos huyen.
Mirarlo. Espiarlo con la cabeza gacha; de reojo vigilarle el gesto crispado de las cejas, la guadaña torcida de la boca; oírle el vómito de palabras que le arroja para ahogarla y no perderle de vista las manos, aún manos y quietas; no perderlas de vista, como si la sola atención de sus ojos sobre ellas las pudiera mantener manos, quietas manos que por favor, por favor no se cierren en puños; y estudiarle el cuerpo y la carga de ira para hacerse pequeña, pequeña y hacerse a la idea de que se avecina una vez más, la súbita descarga sobre ella, en un guión en el que su papel de pararrayos le arraiga los pies en la tierra y la expone al golpe eléctrico de esa mano convertida en puño para ella, sólo para ella, mientras grita que la quiere y se le caen los golpes a puñados y grita que la ama dándole patadas y ella callada, cada vez más pequeña, tragándose el dolor, los alaridos, tragándose la sangre y el terror y la secreta, secreta esperanza de que esta vez por favor, por favor, esta vez la mate.