La sonrisa del endriago

Debe girar la llave con suavidad para que se produzca el chasquido que anuncia el éxito. Se agarra al pomo de la puerta y justo antes de girar contrae su rutilante pupila (una pupila que anhela estar de nuevo rodeada por un iris amarillo).

El chasquido abre la cerradura. Por fin en casa. Duro día, hoy, en el invernadero. Camina hacia el comedor y sacude las manos hacia abajo en un gesto extremo; sacude y sacude, hasta que las uñas pierden el soporte, se aflojan, y salen despedidas una a una, rebotando y tintineando contra el suelo; sacude y una rasgadura aparece en las muñecas, circundándolas, una línea que se entreabre como una boca, que se descose a cada tirón mientras los dedos se desenfundan y los nudillos pierden la certeza de estar encajados en sus arrugas: sacude hasta que la piel cae contra el suelo como si alguien hubiera lanzado no uno sino dos guantes retadores.

En el lugar donde estaban las manos se desperezan dos garras infames. Suspira aliviado, y arquea con sopor los juncosos dedos haciendo crujir las articulaciones. La enhiesta uña de su dedo índice vibra de emoción, tiembla, le pide que le permita liberar el resto del cuerpo, así que la acompaña en su recorrido: desde el tobillo hasta la cadera para remontar luego las costillas, hundiéndose y cortando allí donde las junturas de los huesos dejan un hueco, abriendo una brecha que permitirá que, en unos segundos, toda la piel se despegue cómo un plástico, y toda la dermis quede al aire, lúbrica y de color esmeralda.

Resulta muy incómodo ir cubierto todo el día, piensa. Recoge la piel usada y la deja sobre el sofá. Al hacerlo, se da cuenta que sobre la mesa descansa aquel libro que reclama su atención: parece latir: desea ser leído. Una mosca gorda y zumbona se frota las manos sobre él.

Antes debe, no obstante, dirigirse al cuarto que ha habilitado como congelador. Abre la puerta y el frío se levanta en una pequeña nube que se cuela por entre las escamas de su piel.

Su pupila contráctil se ajusta al fondo del cuarto, y allí están, arrebujados el uno contra el otro, con la carita blanca escarchada. Duermen; el veneno está haciendo efecto. Apenas les quedan fuerzas; no pueden recordar nada. Mañana estarán muertos, dispuestos, húmedos como a él le gustan.

¿Se están moviendo? Quizás un poco, aunque no parece que hayan percibido que el timbre de la puerta está sonando. Con desgana, se enfunda de nuevo la cabeza y las manos, y cubre el resto de su cuerpo con un batín que lo tapa hasta los pies. Se dirige al recibidor.

Fuera, su vecina aparece tras el barrido de la puerta. Lo siento, sisea él, no he visto a sus hijos, señora, lo siento, sisea, he estado todo el día en el invernadero. Arquea el cuello y lo gira en un gesto complaciente, mientras: piensa que está seguro, sí, de que nadie lo ha visto horas antes, sí, deslizándose por el pequeño canal que va desde el invernadero hasta la boca de la alcantarilla; nadie lo ha visto emerger levantando la tapa en el callejón brumoso; nadie trepando por el lateral del edificio y entrando por esa ventana. He llegado a casa y no estaban, aduce la señora, quizás todavía no han regresado del colegio, pero estoy preocupada: si los ve avíseme por favor. Por supuesto, gorjea, por supuesto, señora: por supuesto.

Su lengua bífida despide a la vecina tratando de ocultarse entre los labios. En el comedor, sobre la mesa, lo espera ese libro, arrancado unas horas antes de entre las paralizadas manos del chiquillo. Lo coge: la mosca levanta el vuelo indignada.

El dibujo de la portada es el de una garra tortuosa. “Los mitos de Cthulhu, de H.P. Lovecraft”, reza el título. Sitúa su mano sobre la del dibujo, compara: sigue sorprendiéndose del extraordinario parecido. Abre una página al azar; la letra es grande:

…se cierne sobre la humanidad una increíble y sarcástica sombra… una gris, retorcida, y quebradiza horda de monstruos surgidos del espacio… de más allá de los planetas y de los soles que brillan en los telescopios…

Rezonga: el texto le parece demasiado complejo; su contenido resulta brumoso. Escruta el libro y entre las páginas descubre llamativas ilustraciones. La uña vibra de nuevo, llama su atención: desea dibujar esas siluetas, así que la posa sobre el papel para que, con suavidad, persiga el contorno de esos coloridos seres mientras su cabeza bulle intentando conciliar un sentido. De repente todo se aclara: no es más que un cuento, un relato para chiquillos.

Deja el libro sobre la mesa y busca el mando a distancia. Se siente un poco estúpido por haber abrigado esperanzas. ¿Qué había pensado que iba a descubrir? ¿El secreto de su procedencia? ¿Algún misterio oculto sobre su raza? Ahora está seguro: no ha sido más que una coincidencia el hecho de que, en la portada, aparezca una mano idéntica a la suya.

Reflexiona con sorna, y recuerda la mueca del niño al entrar en la habitación y descubrirlo (suspendido en el techo con la niña entre los brazos), y entiende que aquella mirada extática acaso reflejó menos pavor que reconocimiento. Entonces vislumbra el sentido de aquel mensaje: el murmullo entrecortado que, repitiéndose y cobrando forma en la boca del chiquillo, había crecido y se había convertido, poco antes de recibir la hendidura de su aguijón, en dos sílabas tan extrañas como contundentes: “¡Cthulhu!”.

Mañana sacará a los niños y en poco tiempo estarán blandos. Se relame: casi no puede esperar a que llegue mañana. Para ir apaciguando el apetito engulle a la mosca cazándola al vuelo. Piensa en la inocencia del niño, convencido hasta el último instante de estar siendo atacado por un demonio del espacio.

Por un momento siente cierta simpatía por ese chiquillo. Su quijada se descuelga en una torva sonrisa, un gesto famélico que insinúa una hilera de dientecitos afilados, triangulares, amarillos. Por eso me gustan tanto los niños, masculla, ¡resultan tan tiernos!

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