Nunca bajar al parque

Consigna: Tomar el texto en cursiva e incluirlo en un relato extenso pero no en un bloque. Es decir que el narrador (que puede ser distinto) va a ser un narrador distraído y por tanto al contar esta anécdota va a inflar y desinflar los hechos de este relato previo a través de constantes digresiones. El texto en cursiva será un esqueleto “ahogado” por el narrador. El texto se irá por las ramas pero tendrá principio y fin.

Se levantó tarde, pero nadie se extraño. Todos sabíamos que las noches de luna llena le costaba dormir. Se dio una ducha y se puso su ropa de fin de semana. Cuando bajó, la cocina estaba desierta. Los tazones en la mesa y la caja de galletas abierta eran los únicos indicios de que el resto de la familia ya estaba despierta. Se tomó el café despacio saboreando el aroma y el silencio. Seguramente Javier llevó a los niños al parque. Terminó el desayuno y recogió la cocina. Subió al dormitorio, abrió la cómoda, sacó la pistola y se pegó un tiro.

Nunca bajar al parque

La verdad es que podría hablar de ella durante horas, ¿sabe?. Hablar de su manía de mirarse en los espejos y acariciarse en el cristal, hablar de los cuentos que escribía para los niños, de su vicio de morderse las uñas, de sus calcetines de colores… Horas, podrían ser horas de detalles, nimiedades para llenar una vida, o dos…o cinco. Pero usted me pregunta por aquel día, ¿verdad? Ese día era sábado y se levantó tarde, pero nadie se extraño. Todos sabíamos que las noches de luna llena le costaba dormir. En realidad la luna no importaba. Cuando la casa dormía, ella podía encontrar en las sombras y la quietud la alquimia que la llevaba a escribir. Era una mujer triste ¿Comprende? Ella se casó conmigo y tuvo a los niños para casarse con la vida. Pero se equivoco. Lo digo porque, aunque siempre había sido delgada, el parto de los mellizos la dejó como una sombra de lo que era. ¿Porqué habría de querer más hijos? Ahora, después de tanto tiempo, creo que no me contó que estaba embarazada otra vez porque tampoco era capaz de contárselo a sí misma. Así que por las noches solía escaparse de nosotros y se refugiaba en las palabras que volcaba sobre le papel. Luego ponía la excusa que más se ajustara (luna llena, niebla, lluvias, o noches sin luna) y nadie le llevaba la contraria. Supongo que esa mañana de sábado al levantarse se dio una ducha y se puso su ropa de fin de semana. Estaba hermosa de negro con su pantalón de felpa y poncho de lana, toda oscura y cálida. Acostumbraba recogerse el pelo negro en una cola y cuadrarse de hombros como para animarse a bajar al mundo. Ella creía que me engañaba porque la dejaba hacer en un lento hundirse de Titánic. Yo le daba espacio esperando que encontrara su propio ritmo entre nosotros. La cuidaba con el disimulo que da el miedo y la costumbre. Y sí, es cierto ese sábado llevé a los niños al parque y cuando ella bajó del dormitorio, la cocina estaba desierta. Los tazones en la mesa y la caja de galletas abierta eran los únicos indicios de que el resto de la familia ya estaba despierta. Hay ciertas cosas que se convierten en rutina como si estuvieran destinadas a ello. Déjeme que le cuente que puedo verla sin verla: el cigarrillo en la mano mientras abre el armario; saca el azúcar; el sobre descafeinado (la única concesión que conseguí para sus nervios desgastados); su taza preferida y el medio minuto de microondas. Sí, se tomó el café despacio saboreando el aroma y el silencio. La veo pensar -junto a la encimera, mientras el sol le calienta la espalda-: <<seguramente Javier llevó a los niños al parque>>. Y dar una profunda calada cerrando los ojos. Siempre hacía eso. Dar una calada y cerrar los ojos. Esos ojos negros que eran lo único tópico en ella porque a través de ellos se veía su alma. Por ellos me enamoré a sabiendas de que nunca podría amarme igual. De que tenía sus propios pactos anteriores y de que yo y los niños no éramos más que un anexo, un último intento. Así que no puedo más que suponer que tomó su maldita decisión, terminó el desayuno y recogió la cocina. Luego con paso comedido subió al dormitorio, abrió la cómoda, sacó la pistola y se pegó un tiro. Pero yo no supe, yo bajé al parque con los niños, yo no supe hasta que fue demasiado tarde, que estaba embarazada ¿me cree, verdad?

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