Mirarlo. Espiarlo con la cabeza gacha; de reojo vigilarle el gesto crispado de las cejas, la guadaña torcida de la boca; oírle el vómito de palabras que le arroja para ahogarla y no perderle de vista las manos, aún manos y quietas; no perderlas de vista, como si la sola atención de sus ojos sobre ellas las pudiera mantener manos, quietas manos que por favor, por favor no se cierren en puños; y estudiarle el cuerpo y la carga de ira para hacerse pequeña, pequeña y hacerse a la idea de que se avecina una vez más, la súbita descarga sobre ella, en un guión en el que su papel de pararrayos le arraiga los pies en la tierra y la expone al golpe eléctrico de esa mano convertida en puño para ella, sólo para ella, mientras grita que la quiere y se le caen los golpes a puñados y grita que la ama dándole patadas y ella callada, cada vez más pequeña, tragándose el dolor, los alaridos, tragándose la sangre y el terror y la secreta, secreta esperanza de que esta vez por favor, por favor, esta vez la mate.