“…traté también de hacerle comprender el nombre que le había puesto, que era el de Viernes, por ser éste el día de la semana en que le salvé la vida.”
Daniel Defoe Aventuras de Robinson Crusoe
Nos encontraste un miércoles. Nosotros huíamos de unos salvajes que nos habían llevado a tu isla para sacrificarnos en un ritual salvaje. Nos viste desde tu cabaña y corriste hasta la playa con tu mosquetón. Los disparos de aquella vieja arma los ahuyentó. Creo que alguno de aquellos caníbales quedó herido de muerte; nosotros también nos asustamos: nunca habíamos oído un estruendo así, un sonido que revolvía los pentagramas del estómago con apariencia de dulce armonía. Nos llevaste a tu cabaña y compartimos tu comida y tu bebida: vivías en lo alto de la isla desde donde se abismaba un archipiélago infinito de ruido y niebla.
Allí, en tu cabaña, en tu isla, todo el ruido del exterior se convertía en un rumor dulce que zigzageaba por los poros del alma. Entraba y salía como un pespunte de hilo de oro en harapos de seda. A veces se nos hacía difícil abandonar tu isla y dejábamos varadas nuestras barcas en la playa, hasta que el amanecer descoloreaba las palabras que habíamos pintado contra el sueño y la memoria durante toda la noche.
Tu isla, como todas, no estaba a salvo de las tempestades. Cuando nos enterábamos que un huracán había pasado por allí, nosotros enseguida nos comunicábamos para saber cuales habían sido los daños. Nuestra preocupación nos hacía conscientes de la fragilidad de las islas: pequeñas porciones de tierra rodeadas de un terrible mar.
Ahora cuando vuelvo a cruzar el umbral de tu cabaña, me viene a la cabeza el sabor de las cookies con café y cucharita de plata de la primera vez, y el recuerdo de aquellos salvajes que ya nunca podrán sacrificarnos porque siempre les evocaremos el nombre de tu isla.
DICIEMBRE 2003