MARINA

Marina jugaba en el jardín de la casa de la playa. Le gustaba entretenerse con las piedras, hacerles resbalar por su mano, lentamente, oír el ruido sordo que producían al caer al suelo. Dentro de la casa los padres discutían. Marina escuchaba sus gritos pero no entendía lo que decían, por la distancia, aunque no sólo por eso. A veces le parecía que el mundo de los adultos era incomprensible, un enigma que no le apetecía desentrañar; prefería sus juegos. La madre la llamó para el desayuno. En un primer momento, se quedó quieta; pronto se percató de lo inútil de su actitud, no quería ir pero debía hacerlo. Se acercó a la casa, muy despacio. Ya en la puerta le llegó el olor del café. La discusión había cesado. Su padre tomaba café, con el rostro agrio y los modales bruscos; la mirada de su madre era triste, perdida en alguna parte, lejos de allí. Ya no habían gritos pero tampoco palabras. Se encontró con una violencia muda y quieta.

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