LAURA

Era una noche de otoño, algo fresca, oscura -las estrellas se escondían tras las nubes, la luna era casi gris-. Laura, tras un día agitado, anhelaba tranquilidad. Preparó un café que tomó a lentos sorbos alternando la mirada entre la televisión y la ventana; una incipiente lluvia mojaba el nocturno paisaje urbano. Llamó a Luis por teléfono. Tras una breve conversación, colgó con un golpe seco. Luis no vendría y no estaba segura de que aquello le molestara. Su relación con la soledad era contradictoria; la había buscado y deseado; aunque ahora en ocasiones le angustiaba, la odiaba. Cambió de canal varias veces. Se recostó cómodamente en el sofá. Observó distraída durante algunos minutos a las personas que hablaban desde la pantalla. Después, cerró los ojos –el ruido de la televisión era ya sólo un murmullo incomprensible, ahora la lluvia golpeaba con fuerza los cristales- y enseguida el sueño acudió.

Sin embargo, a los pocos minutos despertó sobresaltada. Oyó un maullido áspero y vio a un gato negro correr bajo el aguacero. El escalofrío, íntimo, eléctrico, le recorrió el cuerpo. Desde el televisor una mujer de mediana edad hablaba y lloraba; buscaba a su hija abandonada hacia veinte años. Laura se fijó atentamente en aquel rostro, en esos ademanes, en ese timbre de voz; en un primer momento lo negó todo, pero cuando las lágrimas le invadieron las mejillas tuvo que reconocer la verdad; a pesar de los años transcurridos no había duda; esa mujer era su madre que, efectivamente, la había abandonado cuando ella tenía cinco años. Los recuerdos acudieron atropellados, urgentes; esos recuerdos que con tanto esfuerzo creía haber dejado atrás.

Aquella lejana mañana de febrero de 1980 era aún más fría. También llovía pero casi nevaba; caían lánguidos copos de aguanieve. Laura, silenciosa, caminaba deprisa tratando de seguir el ritmo acelerado de su madre. Esta no cesaba de hablar y tratar de defender lo indefendible. Aseguraba que en el orfanato estaría mucho mejor que en casa. Primero cantó entusiasmada las ventajas de convivir con tantos niños. Terminó reconociendo con tristeza que era incapaz de cuidarla. Laura no pronunció ni una palabra en todo aquel monólogo. Era como si el frío le helara el estómago y el corazón. No quería conocer a nadie, no quería saber ya nada de su madre que en el fondo siempre le había abandonado; ahora se trataba de la última y definitiva confirmación.Cuando llego al orfanato, le pareció un edificio desagradable. Era de un color grisáceo, demasiado grande, demasiado aséptico, lleno de personas que no aparentaban ser amistosas. No quiso despedirse de su madre que le miró con expresión arrepentida, aunque marchó y no regresó jamás. Una de las educadoras cogió a Laura de la mano mientras le dirigía unas palabras. Pero la niña fijaba su atención de una manera obsesiva en el aguanieve que caía lenta y lúgubre.

Laura se preparó, con pulso trémulo, otra taza de café. Desde la pantalla su madre se disculpaba por haberla abandonado. Las excusas eran ridículas y cínicas, el gesto quejoso. Se le antojaba una absurda farsa. Ardía de rabia. La tormenta arreciaba vehemente- a lo lejos tronaba algún relámpago-. Las manos de Laura se cerraban crispadas. Cambió bruscamente el canal. Ahora desde el aparato le llegaban gritos e insultos. Oyó de nuevo a un gato maullar. Temblaba. La realidad se volvía a difuminar, las líneas entre el hoy y el ayer se entremezclaban, aparecían de nuevo los viejos fantasmas. Y entonces un recuerdo se impuso con fuerza a los otros; una noche atroz aunque no la más representativa de su infancia. Sin embargo allí estaba, reclamando su primacía; imponiéndose con furor y salvaje violencia; imponiéndose en su viejo y nuevo significado.

Su madre le había gritado en muchas ocasiones, incluso golpeado alguna vez. Demasiados días volvía a casa muy tarde, borracha y se descontrolaba. Laura se aislaba para lograr sobrevivir. Con los pocos juguetes que tenía organizaba un mundo aparte donde el dolor no tuviera cabida. Pero un día ocurrió algo que rompió aquel universo imaginario. A veces un hecho trivial puede deformarse hasta llegar a ser monstruoso. Se encaprichó de un gato muy pequeño, hijo de una gata callejera. Creyó que podría tenerlo en su cuarto y darle de comer algunas sobras. Esa noche su madre volvió a casa ya de madrugada, totalmente ebria. Cuando entró en el piso el gato maulló y ella irrumpió en el cuarto de la niña, furiosa. Le chilló, histérica, fuera de sí, que no quería ningún animal. Laura aseguró firmemente que se lo quedaría. Eso fue demasiado para aquella terrible mujer. Cogió al animal y lo arrojó violentamente contra la pared. El pequeño cuerpo cayó al suelo y permaneció inmóvil. La pared estaba manchada de sangre. El golpe lo había matado. Laura emitió un grito largo, agudo, un grito de horror. La realidad se dibujo en el aire con una mueca cruel.

Puso otra vez el canal donde su madre se lamentaba pero ahora ya no estaba su madre. Otra mujer contaba una historia diferente. Apagó la televisión. El ruido de la lluvia (furiosa, cada vez más furiosa) golpeando la ciudad llenaba el silencio… y también la soledad. Sentía que algo en su interior se había quebrado. Los recuerdos que ella había alejado, volvían y le clavaban las uñas, le herían. Ahora ya no le quedaba el refugio del olvido. Llamó a Luis. Ahora ya no soportaba la soledad.

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