Antes de comenzar a explicar esta historia es necesario que comente un aspecto muy importante de mi personalidad. Cuando terminen de leer es posible que no lo crean pero mis actos y creencias siempre han sido conformes a la lógica y a la razón. Quizás por ello soy ingeniero. Mi mente se concentra en lograr los objetivos previamente marcados. No me gustan las fantasías, ni tampoco los sentimentalismos; pero lo que más detesto es lo absurdo, lo que desborda las leyes de la lógica y campa por la más absoluta anarquía. Por eso mis relaciones con los demás son, desde hace mucho tiempo, escasas; en ellas siempre he hallado mucha irracionalidad, y también mucha incomprensión; en el fondo, nadie puede entender a otro ser humano. En el contacto con los demás invariablemente hallamos dolor; hasta la madre puede hacernos daño, aunque sea sin querer.

Mi relato empieza unos minutos antes de abrir los ojos, tras largo rato manteniéndolos cerrados. Me hallaba profundamente cansado, sumido en el desánimo sin saber el motivo y esta falta de explicación me disgustaba. Sin embargo, existía otro aspecto mucho peor, que me inquietaba en extremo. Como si fuese el protagonista de un cuento fantástico, me hice la más absurda de las preguntas: que es lo que vería cuando abriera los ojos. Puede que fuera mi apartamento de soltero, con la soledad aprehendida en los austeros muebles; pero en realidad sabía que lo que hallaría sería la oficina. Así fue y eso me turbó intensamente pues no recordaba como había llegado hasta allí.

Curiosamente podía explicar con detalle lo ocurrido la noche anterior. Después de la cena, estuve trabajando un poco. Tengo la costumbre de, en las épocas de mucho ajetreo en el despacho, llevar algo para hacer en casa. A las once me acosté pero me fue imposible conciliar el sueño. Hace algún tiempo ya que algunas noches padezco insomnio. Por eso sé que, en estos casos, es necesario hacer alguna actividad hasta que los párpados se tornen pesados anunciando el descanso reparador. Me puse de nuevo con el trabajo de la oficina. A las tres de la madrugada el sueño seguía sin aparecer. Me tumbé en el sofá y encendí el televisor. Esto no es algo habitual en mi ya que detesto las frivolidades de la mayoría de los programas; pero pensé que quizás conseguiría dormir. Así debió ser porque mis recuerdos de la noche cesan ahí. Después, esta esa extraña mañana en la que aparecí como por arte de magia en mi puesto de trabajo.

La imagen de la oficina era verdaderamente exacta; aquellos muebles fríos, impersonales bajo la lívida claridad del fluorescente. Frente a mí, sentado tras otra mesa, se hallaba Paco, mi compañero de trabajo, aunque debería llamarle mi enemigo. Paco siente una profunda e incomprensible antipatía hacia mí. Digo incomprensible porque no existe ni un solo motivo que pueda explicar esta conducta; he sido siempre amable con él y no le he provocado nunca ningún problema en su quehacer diario. Aunque en realidad este hecho no debería sorprenderme ya que, como he comentado antes, la irracionalidad y la incomprensión son dos elementos clave en las relaciones humanas. Cuando la mirada de Paco, llena de odio, se posaba sobre mi, algo en mi interior parecía prenderse y quemarme. Le hablé en varias ocasiones pero, con cruel indiferencia, me ignoraba. Sin embargo, mientras él creía que no le observaba, le veía esbozar una malévola sonrisa.

El reloj marcaba las diez de la mañana. En la oficina sólo estábamos Paco y yo. El resto de mesas permanecían silenciosas, sin que nadie las ocupara y las sacara de su quietud. Llamé por teléfono a mis compañeros. Nadie contestaba. No halle ninguna voz al otro lado de la línea, sólo una sucesión de tonos que finalmente se cortaban. Respiré lentamente tratando de tranquilizarme. Pensé que seguro que existía una explicación razonable a aquella absurda mañana.

Tratando de aparentar normalidad, abrí la agenda. De nuevo, sufrí un sobresalto. No había nada escrito, y yo recordaba perfectamente tener una larga lista de tareas que hacer. De mis labios surgió una risa nerviosa. Otra vez respiré lentamente. Escribí las anotaciones que recordaba deseando que mi memoria no fallara; aunque sabía que algunas de ellas no podría rescatarlas del olvido. Me concentré en trabajar confiando que en aquel terreno conocido hallaría sosiego. Creí que la rutina me devolvería el orden perdido. En mi trabajo todo es previsible y racional; eso hace que me sienta seguro. Estuve algún rato concentrado en mis asuntos, pero pronto noté que algo ocurría. Lo que me rodeaba parecía lo mismo de siempre y, al mismo tiempo, no parecía lo mismo. No sabía porque pero era como si la realidad, en cierto modo, adquiriese tintes resbaladizos y equívocos.

Estaba aturdido. Me levanté para tomar un café. “Seguro que cuando vuelva, todo será distinto”, traté de convencerme. Sin embargo, a los pocos segundos, de nuevo me hallaba sentado frente a mi mesa, pensado que ya me había levantado y tomado un café. Me asusté de lo que recordaba, sobretodo porque no podía asegurar que fuera cierto. Estupefacto me di cuenta de que ya no estaba seguro de nada. Recordaba haberme levantado y dirigirme a la máquina del café. Retumbaban desde la calle los truenos de una tormenta terrible; también lo hacían mis pasos casi solos en el vacío edificio. Desde las ventanas se veía una oscuridad total; negrura de noche cuando ya no debería ser noche, sólo quebrada por los instantes de luz de los relámpagos. Veía a Paco, a lo lejos. Se rió en un tono chirriante y algo en mí pareció romperse. Pensé que no servía de nada aislarse de los demás porque, de un modo u otro, continúan haciendo daño, conduciéndote por caminos absurdos. De pronto, temblé ligeramente; casi al mismo tiempo, noté algo cálido y pegajoso en mis manos. Las miré. Era sangre.

En mi despacho observé mis manos. Ni rastro de sangre. Agudicé el oído, no escuché el llover ni los truenos. Permanecí unos minutos reflexionando. “Así que esto es la locura”, pensé desesperado. Yo que tanto había adorado a la razón sucumbía ante lo irracional. Había traspasado una frontera invisible pero cierta y ya no distinguía lo real de lo imaginado.

De nuevo, abrí los ojos tras mantenerlos largo rato cerrados. Me sentía inmensamente triste. Estaba tumbado en el sofá del comedor. La televisión continuaba encendida. Susurré con inmenso alivio que todo había sido una fatal pesadilla. Y entonces noté algo cálido y pegajoso en mis manos. Las miré. Era sangre. Mucha sangre. “Esto es la locura” volví a pensar, seguro ya de que iba a vivir atormentado el resto de mis días.

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